Ellas salen de su bosque encantado cada seis meses. Parten en grupos de cuatro hacia lugares habitados por seres necesitados de amor. Asistidas por la magia llegan a quienes se sienten tristes o desorientados.
Aquel 1 de enero las cuatro primeras hadas trotamundos se reunieron para realizar la evocación de Unidad Sagrada. Tras recargarse del mayor de los poderes el amor, partieron a sus destinos.
A la primera de ellas llamada Dulce, la providencia la llevó hasta un niño de 12 años que se había refugiado en un árbol de su jardín. Caía la tarde; los últimos rayos de sol se entremezclaban con las ramas e iluminaban su rostro, dejando ver el brillo de una lágrima ya seca en su mejilla. Dulce sabía que no tenía que suplantar su identidad para poder ayudarle porque los niños conectan muy bien con el mundo de la magia. El hada se fue acercando a él, quien, por un instante, pareció estremecerse.
- ¿Te ocurre algo? - le preguntó.
- Nadie quiere jugar conmigo. Los otros niños se burlan de mi y me llaman pesado.
Dulce se acercó aun más a él y elevó sus alas hasta formar con ellas una capa protectora.
- ¿Cómo te llamas? - le preguntó.
- Luis - respondió.
- Mira Luis. ¿Recuerdas aquel día en el que tu perrito quedó atrapado entre las ramas? Lo sacaste sin ayuda de nadie. ¿ No es así? El corría luego junto a ti muy alegre. Querías ayudarle y ¡lo conseguiste!...Para ser querido por todos sólo tienes que ser como ya eres. Nada más.
Luis abría sus ojos, sorprendido de que ella conociera esa historia y, a la vez, reconfortado por lo que escuchaba. Era un niño bueno, además de un buen niño. Se había acostumbrado a complacer a todo el mundo a sus padres, a los profesores y...a esos niños que , instintivamente, veían en él esa necesidad de reconocimiento que sólo provocaba su rechazo.
Quizá fuera demasiado complicado para Luis asimilar el trasfondo de las palabras del hada, pero la afabilidad con que le hablaba, mientras le protegía con sus alas doradas, y el recuerdo de aquella ocasión en la que, para salvar a su perro, sacó lo mejor de sí, hicieron que fuera tornando su gesto compungido en otro sereno y luminoso.
La mamá de Luis salió al jardín y le llamó para que acudiera a cenar. El dio un salto y se dirigió hacia la casa alegremente. Dulce esbozó una sonrisa y se dispuso, plena de satisfacción, a volar hacia otra misión.
Concha Barbero
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