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jueves, 6 de julio de 2017

Las Hadas Viajeras



Ellas salen de su bosque encantado cada seis meses. Parten en grupos de cuatro hacia lugares habitados por seres necesitados de amor. Asistidas por la magia llegan a quienes se sienten tristes o desorientados. 
Aquel 1 de enero las cuatro primeras hadas trotamundos se reunieron para realizar la evocación de Unidad Sagrada. Tras recargarse del mayor de los poderes el amor, partieron a sus destinos. 
A la primera de ellas llamada Dulce, la providencia la llevó hasta un niño de 12 años que se había refugiado en un árbol de su jardín. Caía la tarde; los últimos rayos de sol se entremezclaban con las ramas e iluminaban su rostro, dejando ver el brillo de una lágrima ya seca en su mejilla. Dulce sabía que no tenía que suplantar su identidad para poder ayudarle porque los niños conectan muy bien con el mundo de la magia. El hada se fue acercando a él, quien, por un instante, pareció estremecerse. 


- ¿Te ocurre algo? - le preguntó.
- Nadie quiere jugar conmigo. Los otros niños se burlan de mi y me llaman pesado. 
Dulce se acercó aun más a él y elevó sus alas hasta formar con ellas una capa protectora.
- ¿Cómo te llamas? - le preguntó.
- Luis - respondió. 
- Mira Luis. ¿Recuerdas aquel día en el que tu perrito quedó atrapado entre las ramas? Lo sacaste sin ayuda de nadie. ¿ No es así? El corría luego junto a ti muy alegre. Querías ayudarle y ¡lo conseguiste!...Para ser querido por todos sólo tienes que ser como ya eres. Nada más. 
Luis abría sus ojos, sorprendido de que ella conociera esa historia y, a la vez, reconfortado por lo que escuchaba. Era un niño bueno, además de un buen niño. Se había acostumbrado a complacer a todo el mundo a sus padres, a los profesores y...a esos niños que , instintivamente, veían en él esa necesidad de reconocimiento que sólo provocaba su rechazo. 


Quizá fuera demasiado complicado para Luis asimilar el trasfondo de las palabras del hada, pero la afabilidad con que le hablaba, mientras le protegía con sus alas doradas, y el recuerdo de aquella ocasión en la que, para salvar a su perro, sacó lo mejor de sí, hicieron que fuera tornando su gesto compungido en otro sereno y luminoso. 
La mamá de Luis salió al jardín y le llamó para que acudiera a cenar. El dio un salto y se dirigió hacia la casa alegremente. Dulce esbozó una sonrisa y se dispuso, plena de satisfacción, a volar hacia otra misión. 

Concha Barbero




viernes, 21 de enero de 2011

La Encantadora Pradera Rosa



Hace muchos años, antes de todos los tiempos, no había gente, ni animales sobre la Tierra. Las praderas estaban cubiertas de aburridas hierbas y de setos secos. La Madre Tierra anhelaba expresar la belleza de su interior y ponerse un vestido brillante encantador.  “Los duendes de muchas flores maravillosas moran en lo profundo de mi interior – se dijo a si misma -. Me gustaría que salieran a la superficie y dieran brillo a mis ropas. Sueño con flores tan blancas como las nubes estivales y tan azules como el cielo despejado; con flores amarillas y naranjas como el mediodía brillante, y con flores moradas como la medianoche aterciopelada.”




Una rosa escuchó su lamento y le suplicó que no se preocupase. “Saldré sobre tu mano, querida Madre – le susurró - ; lo pondré hermoso”. Así que salió a bailar a las praderas, pero el demonio del Viento la localizó. “¿A qué juegas? – gruño - . No la consentiré en mi patio”. Jadeó, resopló, rugió y silbó hasta que la dejó completamente aplastada, y su espíritu regreso a la Madre Tierra.
Los espíritus de las flores amaban a su madre, y uno a uno se ofrecieron a salir para decorar su manto; uno a uno fueron extinguidos y huyeron, una vez más, a su corazón.



Por fin Pradera Rosa se ofreció a salir. “Mi querida niña, es tu turno – dijo la Madre Tierra -. Eres tan dulce y pura que incluso el demonio del Viento te amará. Estoy convencida de que no te expulsará de los prados”.
Así que Pradera Rosa comenzó su largo viaje hacia la luz, y la Madre Tierra rezó para que tuviese éxito en esta ocasión.
El demonio del Viento la vio desde lejos, y empezó a rugir. “¿Quién se atreve a ponerse en mi camino? – grito -. ¿Por qué vienes a mi patio?. Voy a expulsarte, como hice con los demás”. Sopló en su dirección, gruñendo y rugiendo, pero al tomar la inspiración más profunda para generar su ráfaga más fuerte, olió la dulce fragancia de Pradera Rosa y una gran calma le invadió.




“¡Vaya, que aroma tan maravilloso! – se susurró a si mismo -. No puedo aplastar a una criatura tan encantadora.
No puedo estar sin ella. ¿Qué puedo hacer para gustarle y qué se quede conmigo?. Seré suave y silencioso. La acariciaré con suavidad y le cantaré. Así se quedará”. Desde ese día el demonio del Viento dejó de ser demonio. Se convirtió en un espíritu amable que cantaba canciones alegres, y las hierbas de la pradera bailaban a su paso. Al ver que la pradera estaba a salvo, las demás flores encontraron la forma de salir a la superficie desde la oscuridad de la tierra para florecer con más gloria aún.



El manto de la Madre Tierra relucía con todos los colores que existen y su corazón se llenó de alegría. El viento aprendió a adorar a las flores, a sonreír con regocijo ante la dulzura de sus rostros y a pellizcar suavemente sus pétalos. La valentía y la belleza de Pradera Rosa cambiaron el aspecto del mundo para siempre.
El viento a veces se vuelve bullicioso, golpea los capullos y grita fuerte. Pero después se acuerda de su querida Pradera Rosa, se calma y se vuelve dócil de nuevo. Jamás le haría daño a nadie que llevase un manto de color de Pradera Rosa. La belleza le cautivó y la adoró por siempre.



Esta historia demuestra que la belleza y la amabilidad pueden ser fuertes que cualquier cosa, incluso que la tempestad. Pradera Rosa no tiene ningún poder, aparte de su dulzura y del encanto de su aliento, pero por el simple hecho de estar ahí transforma al demonio en un ser que aporta música y alegría a la Tierra. Tiene coraje de ser ella misma. Ésta es la esencia de las hadas florales, que transforman diariamente nuestro mundo con su mera presencia. Son un símbolo de la generosidad que yace en el corazón de la Madre Tierra, y una prueba viviente de que el amor lo puede conquistar todo.

 

FIN







sábado, 11 de diciembre de 2010

La Vila y el Príncipe




Hace mucho tiempo, en la mañana del mundo, había un rey y una reina que tenían un hijo, un príncipe muy apuesto pero muy solitario. Era el ojito derecho de sus padres, y cuando alcanzó la mayoría de edad le prepararon un magnifico banquete. Acudió gente de todo el reino, grande y pequeña, para honrar al príncipe. También fueron las brujas y las hadas, y el joven recibió muchos regalos, pero su corazón seguía triste, pues todavía no había conocido el verdadero amor. Al caer la noche, el aire se llenó de sonidos de la fiesta, y el cansado príncipe se fue a caminar por los jardines de su palacio iluminados por la Luna. El césped brillaba y los troncos de los árboles parecían plateados en la oscuridad.





El príncipe vislumbró algo reluciente que se movía entre ellos. Intrigado, se acercó y vio a un hada pequeñita, exquisita, bailando entre las sombras. Al acercarse, ella se detuvo y se escondió detrás de un árbol, pero el príncipe la llamó: “¡Bella princesa, acércate, no te haré ningún daño! Déjame participar de tu alegría”. Entonces el hada apareció, y el príncipe se dio cuenta de que era más grande que la primera vez que la había visto. “Mi príncipe – dijo ella -, me invitaron a tu fiesta, pero mi hogar es el bosque y la naturaleza salvaje. Soy una Vila. Para ser honesta a mi naturaleza me he quedado aquí, entre los árboles, y bailó para honrarte”.


El príncipe se quedó fascinado y se acercó hacia la dama, pero según se aproximaba ella desapareció. La buscó sin éxito hasta que la Luna se ocultó. Esa noche durmió poco y se pasó todo el día siguiente anhelando la llegada de la oscuridad. Al llegar la medianoche, se dirigió a los jardines y, para su alegría, volvió a ver al hada bailando graciosamente. Una vez más, le pareció más grande; volvieron a hablar otra vez. Estos encuentros nocturnos siguieron sucediéndose, y el príncipe fue empalideciendo; se sentía desganado durante el día, pues vivía únicamente para su romance nocturno.


El hada iba creciendo según menguaba la Luna, hasta que en la luna nueva la Vila (que era ahora de tamaño de una dama delgada) alumbró el bosque con su brillo. Dejó de huir del príncipe. Por contra, todas las tardes paseaban entre los árboles y se pasaban horas hablando; la risa de la Vila llenaba el bosque de sonido. El príncipe se enamoró profundamente del hada, y la buscaba al inicio de la tarde, cuando en el cielo aparecía el primer rayo de luna. Ella, que ahora era más osada, salía cuando quedaba un poco de luz, y un día el príncipe se puso de rodillas y le rogó que fuera su prometida.

 


“ ¿Me amarás siempre?”, le preguntó el hada.
“Oh, sí”, contestó el príncipe.
“Entonces seré tuya, siempre y cuando cumplas tu palabra”, respondió la Vila, y tomándole de la mano caminó con él hacia el palacio, donde fue recibida por el rey y la reina. Llenos de alegría, les prepararon una boda magnífica y las campanas sonaron por todo el reino.


La pareja vivió en dichosa armonía durante siete años. Entonces el viejo rey cayó enfermo y el príncipe tuvo que asumir el mando de la soberanía. Su primera tarea fue enterrar a su padre con honores, y al funeral fueron invitadas las criaturas mágicas y las humanas. Entre los invitados había una bella y vibrante bruja de pelo largo y rizado, de piel blanca como el mármol y ojos verde esmeralda. El príncipe no podía quitarle los ojos de encima. Mientras la miraba, su esposa tropezó con el vestido. “ Lo siento – le dijo -; este vestido es demasiado largo para mi”.



El príncipe no se dio cuenta, pues estaba demasiado ocupado mirando a la sorprendente pelirroja. La Vila se tropezó de nuevo, y la cima de su cabeza, que le llagaba al príncipe justo por encima del hombro, ahora no sobrepasaba su pecho. En sus ojos azul cielo se leía una incontable tristeza. Volvió a tropezarse y él volvió a ignorarla, mirando a la bruja pelirroja. Cuando se sentó en la carroza junto a su esposa, mirando por la ventana, la Vila se encogió hasta alcanzar las pequeñas proporciones del hada que había visto por primera vez en el jardín del bosque. Finalmente, con un último parpadeo, como el de una vela apagada, su hermosa esposa desapareció, dejando tras de sí un vestido vacío. Pero el príncipe apenas se dio cuenta. Llamó a sus asistentes para que lo recogieran, y éstos, sacudieron la cabeza, obedecieron mientras su señor tomaba del brazo a la encantadora bruja.



En una semana estaban casados, y en otra más el príncipe se había dado cuenta de su error. Enseguida vio que el encanto exterior escondía un corazón duro y frío, y no tardó mucho en no poder aguantar seguir viendo a su nueva esposa. Sin embargo. ¡era demasiado tarde para entender lo que había hecho! Despidió a la bruja de su corte y al caer la noche se dirigió a los jardines de palacio a buscar a su amor perdido. La Luna brillaba con pureza y los árboles relucían plateados contra las sombras. El dolor del corazón del príncipe, mientras llamaba a la Vila esforzándose por vislumbrar su pequeña y reluciente forma, era arrebatador.



Durante el resto de sus días, el príncipe siguió bajando al jardín cada noche esperando el regreso de su amor. Pasaron los años y dejó de gritar su nombre; simplemente, se pasaba la noche esperando que ella regresara. Pero nunca lo hizo. Al romper su promesa, el príncipe había destrozado el vínculo que le unía con el mundo fantástico. Siendo ya muy anciano, sus asistentes le encontraron sin vida una mañana, apoyado en el árbol más grande del bosque. Tenía las palmas de las manos abiertas sobre el regazo y en su rostro había una sonrisa, como si en la muerte hubiese vuelto a encontrar a su amor perdido.








domingo, 28 de noviembre de 2010

Leonor y Los Elfos




Era a principios de la primavera, cuando el viento todavía soplaba con fuerza. La lluvia helada podría venir sin previo aviso, como un ejército arrogante de ocupación y pisotear todo lo que era vulnerable. Flores que habían abierto demasiado pronto podrían caer. Criaturas frágiles enfermas e indefensas no verían el verano.

Una tarde de marzo, el aguanieve empezó a hacer su ruido revelador sobre el cristal de la ventana y a Leonor le ardió la cara mientras caminaba entre los arbustos. Al llegar a su casa cual fue su sorpresa que su gato había desaparecido. ¡Su primer día aquí y había permitido que Lucio escapara! Realmente parecía que una puerta lateral se había quedado abierta, y Leonor se culpó a sí misma. Debía haberlo comprobado, siempre comprueba todo, antes de permitir que Lucio pudiera escapar. No sabía donde estaba. Podría morir, lo buscó por todas partes, no sabía que camino habría tomado.

Ella pensó: creí haber cerrado todas las puertas, un trabajo que por otro lado es agotador. Era demasiado. Demasiado. Leonor se hundió en sus rodillas entre las filas de cajas desempaquetadas, se llevó las manos a la cara desconsolada. Lucio, le portaba luz. Había sido la luz de su vida solitaria durante trece años, uno de los mejores amigos que ella nunca había conocido…



 
A través de sus ojos borrosos de llorar, miró hacia la parte superior de la escalera. En la pared blanca había una silueta gris con la forma de la cabeza de un gato! Estaba allí arriba! "Ah, Lucio," Leonor suspiró, "gracias a Dios" Pero algo no iba bien, la sombra empezó a moverse, oyó tras ella un ruido de pasos subiendo la escalera suavemente. Su corazón se rompió una vez más, descubrió que la sombra que se movía provenía del papel de uno de los regalos. Leonor se armó de valor. Quería encontrar a su gato. Así que a toda prisa salió a la fría intemperie buscando debajo de cada arbusto y de cada rincón, sus manos se estaban quedando congeladas. Encendió su linterna y gritó: - ¡Lucio!

Posiblemente el animal estaba oculto del frío. Miró con la linterna apuntando en cada rincón y se dirigió hacia el cobertizo de madera que había estado abandonado hace años. Olía a la fragancia de una tumba abierta y con un suelo tan bajo que era imposible caminar de pie y se tenía que arrastrar por el fango. En uno de los rincones del cobertizo allí estaba Lucio, encogido pero a Leonor le era imposible extender sus brazos hacia él. Estaba atrapada entre unas vigas de madera que le cerraban el camino y le era imposible avanzar ni adelante ni atrás.



Fue entonces cuando vio a unos extraños seres, unos quince o veinte alrededor del tembloroso gato. Estaban mirando a Leonor como una cara de suficiencia e insolencia. No saludaron en ningún momento. Sus pequeños ojos prepotentes no mostraban ninguna otra emoción, simplemente tenían un aire de impaciencia de continuar con el trato. Un trato difícil. Leonor ya lo sabía. Siempre era lo mismo.

Leonor bajó su cabeza casi en la exasperación y dijo: - "Muy bien "¿Qué queréis?"
Pequeños y minúsculos hombres con sombreros puntiagudos y barba larga como de tela de araña, parecían las figurillas que al dentista de Leonor le gustaba poner en su ventana pero estos hombrecillos no eran figuras talladas. Antes de que ella llegara a algún trato, Leonor se encontró de nuevo en su sala de estar.



Estaba desnuda y seca bajo la más suave de las mantas sentada en un sillón junto a la chimenea. Deliciosas ondas de aire caliente salían de los radiadores y los hombres pequeños se alumbraban con un fuego de un fresco roble. ¡Parecía magia de hadas! Ella se acordaba vagamente que estaba en un lugar oscuro cuando fue golpeada por algo pesado pero no lo suficiente para causarle daño y ahora de repente se encontraba aquí.

Los hombres pequeños corrían a lo largo de la antigua casa victoriana, abriendo todas las cajas y cajones, de manera eficiente y mirando todo lo que contenían. Lo abrían todo y ponían los objetos cuidadosamente lejos. Cuando habían vaciado una caja, simplemente desaparecerían con todo el contenido rápidamente. Se organizaban en formaciones en torno a piezas del mobiliario para moverlo todo con mayor comodidad pero sin tocar nada. Leonor no se dejó impresionar; ni siquiera estaba mirando. Se tapó la cara con sus manos y empezó a sollozar diciendo: - ¡No Lucio! No le importaba si los elfos lo cogían todo, si limpiaban, o si sustituían la azotea o la fontanería- ella sólo quería a su amigo, su Lucio.




No se dio cuenta que los elfos se estaban llevando muchas de sus pertenencias de la casa. Sobretodo las cosas brillantes y los adornos, también fueron desapareciendo bufandas largas de seda, bisutería llamativa, faldas de terciopelo que nunca volvería a ver. Por supuesto, no le importaba. Ninguno de los elfos había hablado todavía. Miraban poco a Leonor al pasar por ella, pero era siempre la misma mirada insolente, como si fuera sólo una distracción moderada a su paso.

Los Elfos y Hadas cambian de forma y son del mundo de los espíritus, no viven en el mismo plano de la realidad que los seres humanos mortales.
Ellos no tienen ni se guían por las mismas emociones y podemos ser incomprensibles para ellos. La aproximación más cercana de su relación con los seres humanos, sería probablemente la misma que relacionarse con un insecto.

Podemos verlos, escucharlos, comprender sus necesidades básicas, pero no podemos ver su mundo a través de sus ojos, o sentir lo que está en sus corazones. Pero ellos habían conocido perfectamente sus necesidades básicas…lo suficiente como para poner a Leonor en la casa, ponerle una manta sobre ella y calentarla con la luz del fuego. Tal vez también sabrían lo suficiente como para dar a Lucio un lugar cálido y seco. Tal vez no tenían una percepción del amor entre Leonor y su gato, o no se preocuparon por él. Pero Lucio era otro ser viviente. Tal vez lo habrían podido salvar.




¿Cómo comunicarse con ellos?

Leonor vio su teléfono móvil que sobresalía de su cartera ahí tirado en el suelo a sus pies, el pequeño teléfono de color negro mate, había sido hasta ahora ignorado por los hombrecillos. Varios de los hombres pequeños se detuvieron un momento como para querer investigar su cartera, sin embargo Leonor fue más rápida, lo cogió y pulsó la tecla de encendido y la pantalla se iluminó. En ese momento cientos de codiciosos ojos de los elfos empezaron a mirar en dirección de la luz fija digital del teléfono móvil. Estaba a punto de llamar a la Dra. Matilde en casa.

El dentista con las figuras de enanos no podría creer en hadas, pero su madre que sabía de tantas historias de elfos y hadas si podría creerle y valía la pena intentarlo. Tal vez Leonor y Lucio fueron separados y la señora Matilde podría ayudarla a pedir a los elfos donde estaba el gato. A los agudos sentidos de los elfos les causaba admiración y hasta placer ver y oír como Leonor pulsaba las teclas del teléfono móvil, era como música para sus oídos y entonces a Leonor se le ocurrió una idea. Empezó a jugar con los tonos de llamada, sinfonías diferentes, mostrando imágenes de la pantalla LCD a los hombrecillos por todo el cuarto y entonces los elfos se tambalearon y se empezaron a marear. Había desaparecido su insolencia, el aire burlón, incluso algunos babeaban en su barba gris de algodón de azúcar.
Entonces Leonor se abalanzó sobre ellos.




Leonor puso una película casera, una película de Lucio que caminaba por una habitación, bateando un juguete. Era un teléfono celular que podría mostrar fotos digitales y videos cortos. Puso la panorámica de la pantalla y la enseñó para que todos la pudieran ver. Se vio a ella misma sonriendo a la cámara, y de repente la pantalla se oscureció y apagó. Leonor comenzó a llorar. Sostuvo el pequeño teléfono junto a su pecho, inclinó su cuerpo en la cintura, y gritó de dolor. Su manta cayó de su cuerpo y la pisoteó, enseguida dio la espalda dejando ver sólo su amplia cabellera. Los líderes de la colonia elfo miraron fríamente esta escena indigna. Fruncieron el ceño de disgusto. Leonor se detuvo y miró hacia atrás. Ella sacó el labio inferior, desafiante, burlándose de los elfos.
¿Cuánto tiempo duró aquello? es difícil de precisar cuando hay una fuerte emoción como el amor, el dolor, la codicia, la ira...

Por último, el más valiente elfo avanzaba más cerca de Leonor y, aún ardiendo con disgusto, extendió su mano abierta pequeña para que se lo diera. Era un teléfono móvil de doscientos dólares, pero Leonor se lo entregó. Había conseguido una comunicación muy importante con ellos como nunca lo había hecho. Cuatro duendes ayudaban unos a otro a transportar el móvil fuera de la casa, y siguió el resto. Pasando por la mujer desnuda, cada uno de ellos le disparó una mirada que decía que era una increíble idiota y que no quería saber nada más que ver con ella.Se preguntaba más allá de la imaginación lo que la colonia elfo podría haber hecho por Leonor, con el tiempo, si ella hubiera convivido en armonía. Sustituir la azotea y algunos arreglos hubiera sido lo de menos, pero al parecer no les gustan los gatos. Tan pronto como ellos agitaron sus pequeños brazos Lucio se materializó en una almohada en el suelo delante de la chimenea, todos los elfos desaparecieron en la noche helada y nunca fueron vistos de nuevo.





miércoles, 13 de octubre de 2010

La Reina de Las Nieves



Érase una vez un muchacho llamado Kay y una muchacha llamada Gerda, eran vecinos puerta con puerta desde la infancia. Eran muy buenos amigos y jugaban siempre juntos. En verano hacían guirnaldas de margaritas y retozaban en los bosques, y en invierno observaban el vuelo de la nieve desde el calor de sus cabañas. Kay equiparaba la nieve a abejas blancas, y creía que tenía que haber una Abeja Reina.




Un día salió a la puerta durante una ventisca, y un enorme copo de nieve le cayó en la mano, convirtiéndose después en una hermosa mujercita que creció hasta hacerse más alta que él. Vestía pieles blancas, su rostro era pálido como la Luna y sus ojos, azul hielo. Le sonrió, le tocó el corazón con una mano muy fría, y desapareció.



Tras esto, Kay no volvió a ser el mismo. Se burlaba de Gerda, pisoteaba las flores y daba patadas a los animales de la granja. Llegó la primavera y después el verano, pero Gerda no reconocía al muchacho con el que había sido tan feliz un vez. Cuando retornó el invierno, Kay parecía preocupado. Examinaba los cielos del norte buscando la nieve, y se construyó un sólido trineo. Finalmente llegó la nieve y Kay acudió a la plaza del mercado. Allí fue recogido por un carruaje lleno de perlas en el que viajaba una mujer alta vestida con pieles blancas y desapareció para siempre.



A Gerda se le rompió el corazón. Preguntó a todos los muchachos, pero ninguno pudo ayudarla. Preguntó incluso a los animales y a las plantas, pero ellos tampoco pudieron darle pista alguna. Finalmente comprendió que si quería volver a ver a Kay, tendría que abandonar su casa en dirección a tierras heladas del norte. Gerda inició un largo y azaroso viaje, y se enfrentó a animales peligrosos y a ladrones asesinos; aunque Kay hubiese sido cruel con ella, su corazón rebosaba de amor hacia él y no podía soportar la idea de que estuviese solo y frío.



Kay estaba en los dominios de la Reina de las Nieves, evidentemente, pues era ella la que le había secuestrado en la plaza del mercado, Kay estaba azul de frío, y cada vez que la Reina de las Nieves le besaba se ponía aun más azul. El palacio de la Reina de las Nieves estaba hecho de montones de nieve, con vestíbulos vacíos que se extendían durante millas, alumbrados por el fuego frío de las luces del norte. Kay se dedicaba a hacer rompecabezas con trozos de nieve, en ese momento, hacer eso tenía mucho sentido. Encajar el hielo era muy importante para él y estaba decidido a conseguirlo.



La Reina de las Nieves abandonó su trono de hielo, le dijo a Kay que tenía que salir volando a llevar la nieve a los lugares del sur, y partió en una helada espiral. Poco tiempo después, Gerda encontró el palacio con Kay dentro. Corrió hacia él llena de lágrimas de alegría y lo abrazó. Sus lágrimas le calentaron la piel helada y le derritieron el corazón, y Kay puedo ver así que su rompecabezas de pedazos de hielo no tenía sentido. Los jóvenes se pusieron muy contentos y huyeron juntos del palacio para no regresar jamás.







lunes, 11 de octubre de 2010

Cuento de Hadas: El Hada del Lago



Hoy me ha dado por contaros un cuento, tanto leído, como escuchado, es una prueba que hice este fin de semana, el audio no es muy bueno ya que está hecho con un mp4 y convertido con un editor de audio. Pero aun así me atrevo a que salga con todas las consecuencias, supongo que será divertido, para salir un poco de la monotonía. Así que espero que os guste, y sepáis tener en cuenta el montaje que he tenido de hacer para poder salir así. Un beso a todos y gracias por vuestra visita y comentarios. Os dejo con el cuento. 



En cierta ocasión, a un leñador que iba por el bosque se le cayó el hacha justo cuando pasaba cerca de un profundo lago, el hacha se hundió y el leñador se quedó llorando a la orilla del lago pues era muy pobre y acaba de perder su instrumento de trabajo de pronto, del lago surgió un hada, que, de pie sobre las aguas le preguntó:

-¿Qué te ocurre, por qué lloras?
-Se me ha caído el hacha al agua - Contestó el leñador y sin ella no puedo hacer mi trabajo.

El hada se hundió en el lago y a los pocos instantes reapareció llevando tres hachas. Una era de oro, la segunda de planta y la tercera era la humilde hacha de hierro y madera del leñador.

-¿Es tu hacha una de estas tres?- preguntó el hada.
-Si- respondió el leñador, señalando su hacha-, esa es.-¿No preferirías la de oro o la de plata?-Claro que si; pero tu me has preguntado cual era la mía, y te he contestado.-En premio a tu honradez te regalo el hacha de oro- dijo el hada, entregándosela.


El leñador se marchó muy contento, cantando y saltando de alegría. Por el camino se cruzó con un conocido, que al verle tan alegre le preguntó: -¿Qué te pasa que estás tan contento?

El leñador le contó su asombrosa aventura, y el otro, envidioso, fue corriendo a su casa a buscar un hacha. Luego fue al lago, la tiró al agua, y se puso a gemir.

Apareció el hada al cabo de unos minutos y, como en el caso anterior, le preguntó qué le pasaba.

-Se me ha caído el hacha al agua- mintió el hombre.

El hada se hundió en el agua y reapareció llevando en una mano un hacha de plata y en la otra la que aquel farsante acababa de tirar.

-¿Es alguna de estas dos? - preguntó el hada.

-No, no es ninguna de ésas; la mía era de oro.

-Por embustero te quedarás sin ninguna - dijo el hada, y se hundió en el lago llevándose las dos hachas. Y dejando aquel leñador avaricioso sin el hacha.



En este cuento la moraleja sería; que no hay que tener celos, ni envidias de nadie, que hay que alegrarse de la buena suerte de las personas, porque algún día a ti, te puede ocurrir algo parecido. Sino te puedes quedar sin nada y encima mal visto. También hace referencia a la codicia porque el leñador quería lo mejor, aunque no fuera suyo. Tampoco hay que mentir, porque la mentira tiene las patas muy cortitas. Y la avaricia ya sabéis que rompe el saco.





Gracias por vuestra visita y vuestros comentarios.

Un mágico beso.

Fuente: Cuento de Hans Christian Andersen




martes, 5 de octubre de 2010

Cuento de Hadas: La Dama del Abedul





Hace mucho tiempo, en la antigua Checoslovaquia, vivía una joven doncella llamada Berthushka. Esta doncella llevaba un rebaño de ovejas a pastar cerca de los abedules, desde que los ríos se llenaban de nieve derretida hasta que las hojas se ponían ámbar. También se llevaba su huso con hilos de lino, pero no podía resistirse a pasear por los árboles. ¡Eran tan ligeros, y el viento soplaba en sus hojas con tanta dulzura! A menudo bailaba sola, columpiándose entre los árboles y tatareando suavemente.Un día se dio cuenta de que no era la única que bailaba en el bosque de abedules. Frente a ella se encontraba una hermosa Dama vestida de encaje y satén blanco, con largos cabellos platino que le caían por la espalda. Sus ojos eran de un verde profundo y llevaba un collar de flores. Sonreía a Berthushka. “Veo que te encanta bailar”, le dijo, y su voz era tan dulce como el viento entre los árboles.“Si me encanta”- dijo Berthushka. Por alguna razón, sus payasadas no le dieron vergüenza-. Aunque en realidad no debería estar bailando; debería estar hilando.“Hay mucho tiempo para eso – dijo la Dama-.
Baila
conmigo, mi niña, y te enseñare pasos nuevos”.Berthushka no necesitaba más persuasión.



Dio vueltas y piruetas con la Dama, por los campos y alrededor de los árboles. Cuando bailaban no dejaban ningún paso marcado en la tierna hierba. Bailaron y rieron, brincando y dando vueltas. Cuando habían pasado tan sólo unos momentos, aparentemente, las sombras empezaron a alargarse y el Sol comenzó a descender. Berthushka miro al cielo con ansiedad y cuando bajó la vista, la Dama había desaparecido.

Reunió a sus ovejas y emprendió el camino de vuelta a casa. Su madre le preguntó qué tal le había ido con el huso, y Berthushka tuvo que admitir que lo había perdido. La madre le regañó, y su hija le prometió buscarlo al día siguiente. No dijo nada de la mujer de blanco ni de su danza.

A la mañana siguiente, Berthushka volvió a llevar a las ovejas al prado, cerca del bosque de abedules. Encontró el huso, pero en cuanto empezó a coger el ritmo, la Dama de blanco apareció. “Vamos, bailemos otra vez”, le dijo, alargando una mano blanca y delgada hacia Berthushka. Ésta sacudió la cabeza con tristeza. “No puedo bailar contigo”-dijo. “Le prometí a mi madre que hilaría el lino, y si no lo hago se enfadará conmigo. Somos pobres y ella necesita el dinero del hilado”. La Dama de blanco mantuvo la mano extendida. “Si bailas conmigo – le dijo -, me aseguraré de que quede hecho”.

Esto era lo que Berthushka necesitaba oír.




Dejo caer su huso, cogió la mano de la Dama y se fue danzando de nuevo entre los árboles. Cuando empezó a atardecer, la Dama dejó que Berthushka volviera junto a su huso y entendiendo los brazos hasta él: milagrosamente, la bobina estaba llena de fino hilo blanco. La niña fue corriendo a recogerla y, maravillada se volvió hacia la Dama, pero ésta se había marchado.
Cansada pero feliz, llevó las ovejas a casa y la dio la bobina a su madre, que se alegro mucho.

Al día siguiente, Berthushka se levantó temprano y llena, de impaciencia, llevó las ovejas al bosque de abedules. La Dama de blanco volvió a aparecer y bailaron como nunca. Sus pasos eran como la brisa que mueve el césped suavemente, o como las olas que rompen en la orilla. Al llegar la noche, la Dama volvió a llenar la bonina con un movimiento de su tierna mano, Berthushka intentó darle las gracias, pero ella se rió y le dijo que el placer era suyo.
“Eres una bailarina hábil, mi querida joven, y ¡lo he pasado estupendamente
contigo!”.


La Dama le dio a la joven un bolsito bordado con símbolos de las runas, que Berthushka no entendió. “Cuídalo”, le dijo la Dama al marcharse. Palpó el bolsito y descubrió que estaba lleno de hojas de abedul, pero se lo llevó a su casa con cuidado.

Su madre sospechó algo al ver la segunda bobina. “estoy segura de que esto no lo has hecho tú”, le dijo a su hija. Entonces le contó toda la historia de la Dama de blanco y del baile. Su madre le dijo: “¡Vaya, debe de haber sido la Dama Salvaje del bosque de abedules. Da mucha suerte a los que la ven!”.

“Bailar con ella, fue maravilloso – dijo Berthushka -, e incluso me dio un regalo”. Saco la bolsita y la abrió para mostrarle a su madre las hojas, pero cuando la vació ambas gritaron de asombro y alegría, pues todas las hojas de abedul estaban hechas de oro macizo, brillante y reluciente.

domingo, 26 de septiembre de 2010

La Historia de Ugunsmate


Introducción: Ugunsmate es el hada guardiana de la chimenea. En la vida rural existen muchos espíritus maternales protectores, y mate es una palabra latvia que significa “madre”. Ugunsmate suele apreciarse en lugares donde se percibe una fuerte sensación de hogar. Suele aparecer en las llamas de la chimenea. Este cuento relata su bendición a una niña huérfana, a la que colmó de alegría.


Érase una vez, hace mucho tiempo, una niña que servía en una gran casa de Latvia. Sus padres habían muerto cuando era más pequeña, así que no tenía a nadie que cuidará de ella. Marta sabía que debía trabajar duro para la familia que la empleaba, pues así la conservarían. Le encantaba coger leña de los árboles, pues veía a los espíritus que se alegraban que cogieran su madera, y hablaba con ellos. Marta también era consciente de otros espíritus que rodeaban la casa grande y sombreada. Algunos no eran amables, pero la mayoría eran buenos con ella, la ayudaban a encontrar objetos perdidos y añadían a su comida especias que la habían convertido en la mejor mesa de la ciudad. Marta hablaba con la hadas cuando estaba a solas, pero se guardaba bien de quedarse callada si había alguien cerca. Sin embargo, Marta anhelaba ver a un hada en particular, a la que no había visto nunca, se trababa de Ugunsmate.


Marta sabía que Ugunsmate era el verdadero espíritu del hogar. La familia para la que trabajaba Marta sabía bien poco de la calidez de un hogar, pues eran trepas sociales, muy competitivos y superficiales. Para ellos, el hogar era un sitio para presumir. Aun así, muchos de sus invitados percibían una atmósfera agradable, y algunos de ellos se dieron cuenta que era Marta, la sirvienta la que hacía que esa casa fuera acogedora. La familia, sin embargo, asumía que la gente acudía a sus fiestas y a sus cenas porque ellos eran muy buenos anfitriones. La sensación de calor hogareño era muy importante para Marta. Aunque la familia no apreciara lo que hacia, ella quería crear un vínculo con el espíritu del lugar. Lo hacía por los animales, por los espíritus de la casa y por los niños pequeños. También quería hacerlo por ella misma, porque no tenía raíces. Marta sabía que Ugunsmate era un espíritu que aparecía alrededor de la chimenea, y cada vez que encendía el fuego decía suavemente: “ Ugunsmate, Ugunsmate, señora madre de la chimenea, por favor, ¡ven!.” Pero Ugunsmate no aparecía nunca.



Marta tenía una posesión única y querida. Era un collar con un medallón dorado, y lo llevaba puesto día y noche. El colgante había permanecido a su madre, y Marta lo tenía como un tesoro un vínculo con su hogar espiritual. Cuando estaba a solas, se sentaba a meditar sujetando el medallón contra su pecho. Un día horrible, Marta se llevo la mano al pecho y el medallón ¡había desaparecido! Lo buscó por todas partes, dejando algunas de sus tareas sin terminar, pero no puedo encontrarlo por ninguna parte. Lo buscó en el jardín, en el establo, en la cocina, miro incluso en la papelera, y revolvió la pila de leña sin ningún éxito. Esa noche, cuando por fin terminó las tareas del hogar. Marta se sentó junto a las brasas mortecinas del fuego y, desesperada, hundió los hombros, Se llevó una temblorosa mano al pecho, sintiendo de nuevo un terrible vacío en el lugar que debía ocupar el medallón. Sus mejillas se llenaron de lágrimas: era como si de nuevo hubiera perdido a su madre. Contempló el fuego a través de unos mojados ojos, y le pareció ver que las brasas brillaban.



Parpadeó, convencida de que las lágrimas estaban haciéndole ver lo que no existía, pero no cabía duda que el fuego estaba creciendo, y algo brillaba al fondo de las brasas. Intentó mirar el fuego de cerca, pero el calor la hizo llorar aun más. Iba a darse la vuelta cuando algo le hizo cambiar de opinión. Marta cogió el atizador y las llamas dieron brincos. Movió las brasas y pescó ¡su collar! Contentísima, lo saco de la chimenea para que se enfriara. “¡Oh, gracias, gracias!”. Miro el fuego, que ahora ardía con fuerza, y vio en la llamas a una mujer que la saludaba con la cabeza y le sonreía, extendiendo los brazos a modo de bendición, “¡Ugunsmate!”- suspiró Marta- ¡Oh, gracias de todo corazón!.




martes, 21 de septiembre de 2010

Cuento de Hadas: Seamus y el Gnomo

Seamus era un buen tipo, honesto y trabajador. También era inteligente, y le encantaba leer, pero como su familia era pobre nunca había tenido suficiente dinero para darle una educación. No obstante, Seamus se consolaba con cuentos y poesías, con filosofía e historia., y soñaba con poder ir un día a la gran ciudad para estudiar en la universidad.
Una calurosa tarde de verano, Seamus regresaba a casa del campo con su pala al hombro y un libro bajo el brazo, cuando oyó un sonido que procedía de un arbusto que había junto en el camino. Silenciosamente, dejó en el suelo lo que llevaba y se dirigió de puntillas hacía el sonido. Apartó los arbustos y vio a un hombrecillo vestido de verde golpeando la suela de su zapatito.
Como es natural, seamos sabía todo sobre gnomos y era muy consciente de qué debía hacer. Tan rápido como un relámpago, atrapó al hombrecillo por el brazo y lo sujetó mientras trataba de escapar. “ No te soltaré hasta que no me digas dónde guardas tu tesoro de oro”, dijo Seamus.


“¡Ay, por el amor de Dios, me estás aplastando!”, grito el gnomo. Seamus se avergonzó de su rudeza y depositó al hombrecillo en el suelo con suavidad, cuidándose de no quitarle la vista de encima. El gnomo tosió, se aliso el chaleco verde, y se inclinó ligeramente hacia Seamus. “ Eres un tipo amable –dijo el hada—Ahora dome por qué tienes tantas ganas de meterle la mano a mi tarro de oro. ¿ Eres codicioso, o estás necesitado?”.
Seamus habló al hombrecillo, sobre su pobreza, su visa y sus sueños. Durante todo ese tiempo, se cuidó de no quitarle la vista de encima. El duende lo miró de cerca, como si estuviera evaluándolo. “Bien, bien, te creo, así que lo haré – dijo el gnomo -. Pienso, por tanto, que voy a mostrarte mi almacén de oro”.
Con estas palabras, el hombrecillo miró rápidamente de lado y empezó a correr por los campos como una liebre, con Seamus sobre sus talones. El muchacho tropezó muchas veces, pues como temía dejar de ver al gnomo no veía dónde ponía lo Spies. Al final, agotado, el hombrecillo se detuvo junto a un montículo que tenía un gran pedrusco encima. “Ahí está – jadeó el hombrecillo -. Si te metes por la ranura de esa roca encontrarás el tesoro. Pero cuidado, ¡más vale que te des prisa! Si el Sol se pone, ¡te quedarás atrapado en la roca para siempre!”.



Con la mirada aún puesta en el gnomo, Seamus le siguió al hueco del montículo por la estrecha ranura. Allí, brillando en la oscuridad, había un tarro enorme rebosante de monedas de oro. “¡Soy rico para toda la vida!”, exclamó el joven, llenándose los bolsillos de monedas e intentando levantar el tarro. “¡No te servirá de nada si te quedas atrapado aquí para siempre!- dijo el hada – El atardecer está a punto de llegar”.
Seamus intentó levantar el tarro una vez más, se dio cuenta de que era imposible, agarró tantas monedas como pudo y se lanzó por la ranura justo cuando el Sol se ponía en el horizonte y la sombra estaba cubriendo el montículo. Oyó cómo se cerraba la piedra detrás de él y cuando se giró, tanto la ranura como el gnomo habían desaparecido de su vista.
Seamus volvió corriendo a casa, con su tesoro en el abrigo. Su familia se alegró mucho de verle y al poco tiempo estaban todos viviendo en una buena casa, con carroza y criados. Seamus pudo estudiar en la universidad y unos años más tarde se convirtió en un famoso escritor, muy querido en Irlanda gracias a sus cuentos. Pero seamos no olvidó nunca al hombrecillo que permitió todas esas cosas, ¡y sus bolsillos no dejaron de estar llenos de oro encantado!.



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